Muere Eduardo Oreste Lamazón del Zotto, “Don Lama”, voz profunda del boxeo mexicano
Ciudad de México.— El mundo del boxeo en México está de luto. Este 2026 se confirmó el fallecimiento de Eduardo Oreste Lamazón del Zotto, mejor conocido como “Don Lama”, cronista, narrador y uno de los pensadores más lúcidos alrededor del pugilismo nacional. Tenía 70 años.
Dueño de una voz pausada y reflexiva, “Don Lama” no solo relataba combates: los convertía en relatos humanos. Su frase —“Al boxeo hay que ponerle historias”— se volvió una especie de manifiesto para quienes entienden este deporte más allá de los golpes. En cada transmisión, Lamazón dotaba de contexto, memoria y emoción a lo que sucedía sobre el ring.
Su mirada del boxeo estaba marcada por una profunda conciencia social. En diversas ocasiones explicó que este deporte nace, en su mayoría, de contextos adversos: jóvenes que encuentran en los guantes una salida a la marginación. “No hay gente que venga de una vida cómoda que se dedique al boxeo con éxito”, decía, subrayando la dureza de un camino que, para muchos, representa la única oportunidad de cambiar su destino.
Lamazón también fue un guardián de la memoria del boxeo mexicano. Enumeraba con precisión a los grandes ídolos que marcaron época: Raúl “El Ratón” Macías, Rubén “El Púas” Olivares, Julio César Chávez, junto a figuras como José “El Chango” Casanova y José “El Toluco” López. Para él, estos nombres no eran solo campeones, sino símbolos de distintas generaciones y luchas sociales.
En el terreno de la narración, reconocía a quienes pavimentaron el camino antes que él: Agustín Álvarez Briones, Antonio Andere, Jorge Alarcón, Alfonso Morales y Carlos Aguilar, a quienes consideraba pilares de la crónica boxística en la televisión mexicana.
Pero quizá su mayor legado está en su forma de entender el boxeo como reflejo de la vida misma. Para “Don Lama”, cada combate era una metáfora del existir: caídas, levantadas, derrotas, revancha, dolor y redención. “El boxeo es la más descarnada representación del drama de la vida”, sostenía, convencido de que no hay atajos para evitar el sufrimiento, ni dentro ni fuera del ring.
Su muerte deja un vacío difícil de llenar en la crónica deportiva nacional. Más que un narrador, Eduardo Lamazón fue un intérprete del alma humana a través del boxeo.
Hoy, el eco de su voz queda suspendido entre las cuerdas, como un último conteo que no termina. Porque si algo enseñó “Don Lama” es que las historias —las verdaderas— nunca dejan de pelear.


